La factura de la Invencible: La ruina de la Merindad de Campoo por los alojamientos militares (1588-1591)

 Como vimos en una entrada anterior dedicada a la exención militar de 1589 "Felipe II protege a la gente de la Merindad de Reinosa de ser alistada en las milicias generales", los vecinos de la jurisdicción de Reinosa y su merindad tenían la vital encomienda de vigilar la costa. Por encontrarse a menos de doce leguas del mar, la corona los libraba de acudir a levas extranjeras para que sirvieran de escudo defensivo en el norte.

Sin embargo, ese escudo no pudo proteger a los campurrianos de un enemigo inesperado que no venía a conquistar, sino a cobijarse: las propias tropas imperiales.

A través de un extraordinario expediente de ocho folios fechado en 1591, sacamos hoy a la luz la dramática situación que vivió nuestra comarca tras el desastre de la Armada Invencible.

Puerto de Santander  finales del siglo XVI donde desembarcó gran parte de la maltrecha flota. 


El regreso de la Armada y la llegada de los Tercios a Campoo

En 1588, tras la fallida empresa de Inglaterra, los restos de la Armada regresaron a los puertos cántabros en unas condiciones deplorables. La Cédula Real contenida en nuestro documento relata cómo, al llegar a Santander, miles de soldados tuvieron que ser reubicados hacia el interior buscando sustento.

La infantería portuguesa y, poco después, el imponente Tercio de don Agustín Mexía —que sumaba más de 3.600 hombres— cayeron sobre la Merindad de Campoo. Durante días, estas tropas, a las que luego se sumaron compañías procedentes de Burgos y Logroño, exigieron cobijo, alimento y carros de transporte (bagajes).

Según denuncia en 1591 Diego Gutiérrez Calvo, procurador general de la merindad, las tropas hicieron "grandes estragos" y los capitanes se marcharon sin pagar absolutamente nada, dejando a los naturales "pobrísimos y empeñados".

Una deuda asfixiante por Hermandades

El impacto en una economía de montaña, de tierra "flaca y estéril", fue devastador. El procurador advierte al rey de que algunos vecinos están abandonando sus casas, dejando a sus mujeres e hijos sin amparo, ante la imposibilidad de salir adelante.

El Corregidor de la merindad, el Licenciado Ramírez de Tuesta, recibe el encargo del Rey de auditar las cuentas. El resultado es una factura colosal. En su informe, desglosa meticulosamente lo que la corona adeuda a cada hermandad por aquellos alojamientos de 1588 y 1589:

Valderredible: 64.239 maravedís
Valdeolea: 41.233 maravedís
Reinosa: 17.542 maravedís
Campoo de Yuso: 14.667 maravedís
Valdeprado: 13.952 maravedís
Los Carabeos y Retortillo: 13.696 maravedís
Cinco Villas y Aguayo: 13.566 maravedís
Campoo de Enmedio: 10.163 maravedís
Campoo de Suso: 63.410 maravedís

El misterio de las cuentas: ¿Quién pagó lo que falta?



Fragmento del detalle de las cuentas.


Si nos detenemos a sumar pacientemente las nueve partidas institucionales anteriores, el resultado real es de 252.468 maravedís. Sin embargo, al final del párrafo, el escribano estampa con total rotundidad una cifra mucho mayor como gran total: 443.279 maravedís.

¿A qué se debe este enorme desfase de casi 190.000 maravedís? La respuesta aporta una luz fascinante sobre la realidad social de la época.

Cuando un contingente tan masivo como un Tercio militar caía sobre la comarca, los fondos públicos de los concejos se agotaban en cuestión de horas. Para evitar el saqueo y el pillaje de los soldados hambrientos, fueron los propios vecinos particulares —y de manera muy especial las familias y linajes más pudientes de la zona— quienes tuvieron que arrimar el hombro a título privado.

Estas familias prominentes abrieron sus casonas, vaciaron sus graneros y adelantaron su propio patrimonio para mantener a los capitanes y oficiales. La propia Cédula Real confirma esta dualidad al ordenar expresamente que el dinero se devuelva «a los propios [los concejos] y particulares». Esos casi 200.000 maravedís de diferencia corresponden, por tanto, a la deuda contraída con los vecinos individuales, cuyos nombres y recibos detallados el Corregidor decidió no incluir en este traslado enviado al Rey «por la prolijidad» (para no abrumar a la corte con tanto papeleo).

La brillante solución del Corregidor: madera frente a impuestos

Ante la quiebra inminente de los concejos, surge el debate de cómo compensar a los vecinos. Algunos proponen instaurar una "sisa" (un impuesto sobre los alimentos). Es aquí donde el Corregidor Ramírez de Tuesta demuestra un profundo conocimiento de su tierra y defiende a sus gobernados con firmeza.

El Corregidor rechaza la sisa argumentando que, al ser la comarca un lugar aislado y "no pasajero" para forasteros, el impuesto lo acabarían pagando los mismos vecinos a los que se les debe el dinero.

En su lugar, apoya una solución mucho más pragmática: pide al rey que conceda licencia a los pueblos para talar, romper y cultivar tierras baldías y montes. De esta forma, vendiendo esa madera y explotando nuevas tierras, podrían recuperar lo perdido. Además, añade un argumento imbatible para convencer a la corte: al limpiar la maleza de esos montes inútiles, evitarían que en ellos se criaran "lobos, osos y otros animales que destruyen el ganado".

Conclusión

Este expediente nos muestra la cara menos gloriosa de las grandes empresas imperiales. Mientras en la corte se contaban los galeones perdidos, en los valles de Campoo se contaban los maravedís adeudados y se luchaba contra la ruina. Gracias a la firmeza de un procurador y a la sensatez de un corregidor, la historia de estos alojamientos quedó grabada en el papel, permitiéndonos hoy, más de cuatro siglos después, dar voz a aquellos campurrianos.

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