Crónica de un asesinato en Campoo: La muerte del secretario de Valdeprado (1893)
La noche del 21 de diciembre de 1893, a las puertas de la Nochebuena, los páramos nevados de la comarca fueron escenario de un crimen que conmocionó a la opinión pública de la época. José Rodríguez y González, secretario del Ayuntamiento de Valdeprado, caía gravemente herido en una emboscada cuyas motivaciones políticas y rencillas vecinales acabarían destapándose en un mediático juicio.
A través de las crónicas de La Atalaya, El Cantábrico y El Atlántico, reconstruimos uno de los episodios más oscuros de la crónica negra de Los Carabeos.
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| Venta de Pozazal donde estaba la taberna de Acisclo. |
La emboscada en la oscuridad
Aquella tarde, José Rodríguez regresaba de Santander en el ferrocarril del Norte. Bajó en la estación de Pozazal sobre las seis de la tarde, donde hizo una breve parada en la taberna de Acisclo. Allí coincidió con un grupo de vecinos del Barrio de San Andrés y Arroyal con los que mantenía una conocida enemistad por cuestiones electorales y denuncias por hurto de maderas.
Temiendo por su seguridad, Rodríguez inició su camino a pie hacia su casa en Barruelo de Los Carabeos, cambiando incluso de ruta para despistar a quienes, según su propia intuición, le seguían. No fue suficiente. Entre las siete y las ocho de la tarde, en el cruce del camino de Arroyal con la vía de La Robla (frente a Cantinoria), fue asaltado brutalmente. Sus agresores le asestaron tremendos garrotazos que le destrozaron el cráneo en la región temporal y parietal derecha.
Un antiguo criado suyo, Andrés Corral, lo encontró tendido y malherido en una ladera, ayudándole a llegar a su hogar en un estado agónico.
La agonía y el misterio de la lista
Lo que siguió a la agresión fue una agonía de cinco días envuelta en un tenso debate médico y judicial. Con el cráneo fracturado y un derrame cerebral, el estado de consciencia del secretario fue el eje central del posterior juicio.
El momento clave ocurrió el día de Navidad. La esposa de la víctima, convencida de quiénes eran los autores, presentó al moribundo una lista de sospechosos. En un acto que los peritos médicos calificarían más tarde desde "movimiento reflejo automático" hasta "consciencia imperfecta pero válida", Rodríguez, incapacitado para hablar con claridad, fue señalando con el dedo a sus agresores. Al día siguiente, 26 de diciembre, a las tres de la tarde, falleció.
El juicio de 1895: Tensión en la Audiencia
Hubo que esperar hasta el 1 de abril de 1895 para que la Sala Segunda de la Audiencia de Santander acogiera el juicio oral. La expectación era máxima. En el banquillo se sentaban varios vecinos, destacando Rafael Ortega, Emilio Seco y Francisco Rodríguez Terán.
Durante siete días, desfilaron por la sala médicos, curas párrocos, viudas, guardias civiles y vecinos. Salieron a relucir amenazas de muerte previas ("si se anulan las elecciones no volverá a buscar más votos"), coartadas dudosas como la matanza nocturna de una ternera enferma para justificar pantalones manchados de sangre, y silencios cómplices.
El juicio llegó a su clímax el día 7 de abril con un incidente insólito: el abogado defensor, don Tomás de Agüero, en señal de protesta por el resumen del Presidente del tribunal, abandonó dramáticamente la sala sin permiso, dejando a los procesados momentáneamente indefensos y obligando a suspender la sesión hasta que otro letrado asumió el caso.
Fechas clave del proceso
La condena
A pesar de los esfuerzos de la defensa por sembrar dudas sobre la validez legal del testimonio de un moribundo con daño cerebral, el jurado fue implacable. Respondieron afirmativamente a todas las preguntas sobre la culpabilidad y la participación en grupo.
La sentencia dictada fue contundente: Francisco Rodríguez Terán, Rafael Ortega Rodríguez y Emilio Seco Álvarez fueron condenados a 18 años de reclusión temporal por homicidio con abuso de superioridad, obligados además a indemnizar solidariamente a la viuda y huérfanos con 5.000 pesetas.
El trágico fin de José Rodríguez quedó así grabado en las hemerotecas, como un testimonio crudo de las pasiones, el caciquismo y la violencia que, a finales del siglo XIX, aún latían en los caminos rurales de Campoo.

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