Las dos caras de la colonización: El expediente del licenciado Lucas Rodríguez Navamuel (1646)
La lectura de los expedientes de méritos y servicios del Archivo General de Indias suele ser una mina de sorpresas. No solo nos descubren la genealogía y el itinerario de personajes nacidos en nuestras tierras, sino que nos colocan frente a frente con las profundas contradicciones de la mentalidad barroca.
Hoy quiero detenerme en un documento fechado en 1646: la relación de méritos del licenciado don Lucas Rodríguez Navamuel, arcediano de Santa Cruz de la Sierra (en el Reino del Perú) y natural de la villa de Reinosa, en las montañas de Burgos.
Al analizar su hoja de servicios, salta a la vista una desconcertante disparidad de comportamientos. Para la sensibilidad del siglo XXI, resulta asombroso —e incluso perturbador— ver cómo en un mismo expediente se alaba con igual fervor a un hombre capaz de ejecutar una violencia brutal contra las comunidades nativas y, al mismo tiempo, de mostrar hacia ellas una generosidad paternal y desprendida.
El brazo ejecutor: Fuego y castigo en la Frontera
La primera parte del documento nos presenta a un Lucas Rodríguez Navamuel plenamente integrado en el aparato de control militar y religioso virreinal. Bajo las órdenes del virrey marqués de Guadalcázar, el reinosano asumió la misión de someter a los pueblos indígenas que se resistían a la asimilación cristiana:
- Destrucción sistemática: El texto relata con pasmosa naturalidad que, para lograr la "reducción" de los indios idólatras, Navamuel «despobló, y quemó veinte y siete pueblos». Las viviendas y lugares de culto de veintisiete comunidades quedaron reducidos a cenizas para forzar el desarraigo de los nativos y su traslado a nuevos asentamientos controlados.
- Justicia ejemplar y humillación pública: En sus años como gobernador del obispado, persiguió con saña las prácticas de los "hechiceros y hechiceras". El documento especifica que en la ciudad del Valle de Jesús de los Mulatos (frontera de Chilón) «encorozó, azotó, y desterró a muchos». Colocar la coroza —el cono de la vergüenza inventado por la Inquisición— y azotar públicamente a los líderes espirituales indígenas eran métodos comunes para extirpar sus tradiciones.
Para el tribunal eclesiástico y la Corona, esta violencia no era un exceso; era un servicio digno de encomio que «descargó la Real conciencia».
El protector de los desvalidos: Bulas "de balde" y caridad
Sin embargo, al avanzar en la lectura del manuscrito, el perfil del implacable extirpador de idolatrías da un giro de 180 grados. Cuando don Lucas ejerce como Comisario de la Santa Cruzada, descubrimos a un protector de los sectores más vulnerables:
- Filantropía eclesiástica: Las bulas (documentos que otorgaban indulgencias y privilegios espirituales) costaban un dinero que los indígenas y españoles pobres no podían pagar. Navamuel, en un gesto insólito, las adquiría en masa pagándolas de su propia hacienda.
- «Vayan por bulas, que se las darán de balde»: Los testigos recuerdan cómo los propios predicadores anunciaban en los púlpitos que los desamparados acudieran a casa del arcediano, donde se les entregaban gratis. El documento añade que no solo les daba el documento pontificio, sino que «assimismo les acudía con otras limosnas de que carecían».
Un apunte final: El valor de la microhistoria
El caso de Lucas Rodríguez Navamuel es un reflejo perfecto de las tensiones del Perú virreinal del seiscientos. Un escenario donde la espada y la cruz, la hoguera y la caridad, formaban parte de una misma estrategia de dominación.
Estudiar estos documentos no solo nos permite rescatar del olvido la biografía de los campurrianos que cruzaron el Atlántico, sino también comprender la tremenda complejidad de una época que nunca fue en blanco y negro, sino de un gris lleno de matices y claroscuros.

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