Cuando Reinosa se volcó con los soldados de Cuba: La epopeya de la Cruz Roja en 1898

 Septiembre de 1898. España llora el "Desastre", la pérdida de sus últimas colonias. A los puertos del Cantábrico, como Santander, comienzan a llegar los vapores Covadonga y María Cristina. De ellos no descienden tropas victoriosas, sino miles de jóvenes exhaustos, enfermos de paludismo, disentería y desnutrición. Son los repatriados de la Guerra de Cuba.

El estado en el que volvían era tan precario que el gobierno se vio desbordado. Fue entonces cuando la sociedad civil y la Cruz Roja tuvieron que dar un paso al frente. Y en esta ruta de regreso a casa, Reinosa y la comarca de Campoo escribieron una de las páginas más conmovedoras de nuestra historia de solidaridad.

Un artículo publicado en el diario madrileño El Liberal el 12 de septiembre de 1898, firmado por J.J. de Díez Vicario, nos deja un testimonio que aún hoy pone los pelos de punta.



La Estación de Reinosa: Un oasis en el camino

Por su situación geográfica, a mitad de camino entre Santander y Valladolid en la línea del ferrocarril del Norte, Reinosa era una parada técnica obligatoria para los trenes tras la dura ascensión desde la costa. Para los soldados, esos minutos en el andén supusieron la diferencia entre la vida y la muerte.

Según relata El Liberal, la Comisión de la Cruz Roja de Reinosa y el pueblo entero atendieron a 1.300 soldados en un solo día.

"Los socios se multiplicaban atendiendo a todos los servicios sin darse un momento de reposo, conduciéndoles en sus brazos y sirviéndoles cuanto necesitaban".

Para los más graves, que viajaban en los trenes-hospital y no podían moverse de sus literas, mujeres y señoritas de la localidad subían directamente a los vagones para darles de comer en la boca y ofrecerles consuelo. El menú, un auténtico lujo para estómagos destrozados por la guerra: caldo, sopa, chuletas, pollos, vino, chocolate, té, café, leche y Jerez.

 La hazaña ciudadana: Fresno y Nestares al rescate

El volumen de soldados era tal que las provisiones volaban. El artículo narra un episodio maravilloso: la leche se agotó. En menos de una hora, los vecinos de Reinosa fueron de casa en casa y lograron reunir 150 cuartillos (unos 75 litros).

Pero la solidaridad no se quedó en la villa. La noticia de que los soldados necesitaban leche llegó a los pueblos vecinos, desatando una movilización inmediata:

Fresno: El alcalde de barrio tocó a concejo. Los aldeanos dejaron lo que estaban haciendo, ordeñaron sus vacas y se presentaron en Reinosa con el pedáneo a la cabeza y 40 litros de leche.

Nestares: Sus vecinos también se organizaron y bajaron a la estación aportando otros 30 cuartillos.

Los cinco céntimos más valiosos

Entre todas las anécdotas del artículo, hay una que resume el alma de aquella jornada. Un hombre humilde del pueblo de Fresno se acercó a los voluntarios y entregó cinco céntimos, rogando que se los aceptaran porque "no tenía otra cosa que dar". Ese pequeño gesto de un aldeano anónimo encapsula el dolor y la empatía que sentía el pueblo llano, que era, al fin y al cabo, el que nutría las filas del ejército con los hijos que no podían pagar la cuota para librarse del servicio militar (los famosos soldados de cuota).

Un reconocimiento a nivel nacional

El alcalde, Sr. Belmonte, la corporación y todo el pueblo trabajaron sin descanso. La labor de Reinosa fue tan crucial que la Asamblea Suprema de la Cruz Roja giró 1.000 pesetas de la época (una auténtica fortuna) para que la asamblea local pudiera seguir sufragando los inmensos gastos de los trenes de repatriados.

Al arrancar las locomotoras hacia la meseta, el mejor premio quedaba flotando en el frío aire campurriano. Los soldados, asomados a las ventanillas, se despedían gritando con las pocas fuerzas que les quedaban: ¡Viva Reinosa! ¡Viva la Cruz Roja!

Datos basados en la publicación original de J.J. de Díez Vicario en "El Liberal" (Madrid), 12 de septiembre de 1898.

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